De nada sirve dar todo y más por una persona.
De nada sirve actuar como la mejor amiga de alguien que quieres, precisamente, que no sea tu amigo, si no algo más.
Bueno, sí sirve. Sirve para que se forje una amistad, una buena amistad. Una peligrosa amistad.
Es paradójico que todos piensen que hay algo más que una amistad, que yo lo desee, y que no se materialice. Y es confuso. Raro. A veces incómodo.
Pero la culpa es mía, en gran parte. ¿En qué momento pensé que podríamos ser algo más que amigos? ¿Cuándo me consideré merecedora de una persona así? ¿Por qué no lo vi venir? ¿Y cuando me di cuenta, por qué no lo paré a tiempo?
Ahora me veo envuelta en una de las situaciones más extrañas, complejas, y difíciles de mi vida. Pero todas esas preguntas tienen una misma respuesta: la estupidez de la que siempre he ido acompañada.
Nunca debí haber pensado que podríamos ser algo más que amigos, ya que no puedo aspirar a tanto. No, no merezco tanto, y debí verlo venir. Debí haber parado a tiempo todo esto. Esto es algo obvio, pero sin embargo, algo que ya no puede cambiarse, que ya ha pasado. Ya no se puede salir de esta situación sin que alguno de los dos salga herido. O los dos.
Leo y releo esto, lo pienso y lo vuelvo a pensar. Qué incoherente es todo. Pero nadie puede afirmar que las cosas del amor sean racionales y coherentes.
Sin embargo, desde lo más profunda de la desolación e incoherencia te digo: mira las estrellas, y mira como brillan por ti y por todas las cosas que haces.
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